Me cuesta parar.
Incluso cuando lo hago, sigo corriendo por dentro.
Mi cuerpo puede estar sentado, pero la cabeza continúa saltando de una idea a otra, abriendo pestañas invisibles y preparando conversaciones que todavía no han sucedido.
Quienes tenemos TDAH sabemos que bajar las marchas no siempre resulta sencillo. Descansar puede parecerse demasiado a perder el tiempo. Y cualquier espacio vacío despierta unas ganas enormes de llenarlo con algo
Por eso necesitaba escribir estas líneas.
Este será el último artículo de la sección hasta septiembre. No porque me haya quedado sin cosas que contar, sino porque no quiero convertir cada momento de mi vida en material para una historia.
Durante las próximas semanas ha llegado el momento de bajar el volumen, regalar tiempo de calidad a las personas que quiero y aprender también a dármelo a mí.
La trampa de vivir para el recuerdo
Nos pasamos buena parte de la vida buscando que nos recuerden.
Deseamos dejar huella, construir algo importante y asegurarnos de que nuestro paso por el mundo no resulte invisible. Nada de eso me parece malo.
Lo triste comienza cuando, por intentar dejar una huella mañana, dejamos de mirar a quien camina a nuestro lado hoy.
Nos preocupa tanto saber si se acordarán de nosotros que terminamos olvidándonos de los demás. Y llevo un tiempo pensando que debería ser justo al revés.
Ya no necesito preocuparme por cómo me recordarán. Mi verdadera responsabilidad consiste en ocuparme de las personas.
Preguntar cómo están y quedarme a escuchar la respuesta.
Llamar antes de que exista una razón urgente.
Celebrar sus alegrías sin preguntarme qué lugar ocupo yo en ellas.
Estar cuando todavía no hace falta que me echen de menos.
Durante siglos hemos repetido eso de carpe diem, aunque creo que lo hemos entendido regular. Lo hemos convertido en una invitación a correr, acumular experiencias y exprimir cada minuto hasta dejarlo seco.
Para mí, aprovechar el día empieza a significar algo diferente: hacer menos cosas, pero estar mucho más presente en ellas.
Mi inversión más segura tiene nombre y apellidos
Siempre digo que mi entorno es mi mejor inversión.
Sin embargo, un entorno no es una agenda llena de nombres ni una colección de tarjetas, contactos o fotografías con personas conocidas.
Está formado por aquellos a quienes cuido cuando nadie está mirando. Por quienes reciben una llamada sin que yo necesite nada. Por las personas de las que hablo bien incluso cuando no están delante.
Las relaciones se parecen mucho más a un jardín que a una libreta de direcciones. Si solo lo riego cuando necesito sombra, tarde o temprano encontraré las ramas secas.
La ciencia lleva tiempo confirmando algo que muchos sentimos de manera intuitiva. La Organización Mundial de la Saludadvierte de que una de cada seis personas en el mundo se siente sola y señala que las conexiones sociales fuertes están relacionadas con una mejor salud y una vida más larga.
Son cifras enormes, aunque detrás de ellas se esconden gestos muy pequeños: una comida en la que nadie mira el teléfono, una pregunta hecha sin prisa, un paseo, un abrazo que dura dos segundos más o un mensaje que simplemente dice: «Me he acordado de ti».
Los grandes gestos no siempre son necesarios para cambiar la vida de alguien. A veces basta con que esa persona compruebe que sigue existiendo dentro de la nuestra.
Por eso quiero dejarte una pregunta:
¿De quién llevas demasiado tiempo sin ocuparte porque dabas por hecho que siempre estaría ahí?
Cuando mi cabeza vive tres semáforos por delante
Con TDAH, el presente puede convertirse en un lugar resbaladizo.
Mientras estoy cenando, mi cabeza ya organiza el día siguiente. Escucho una historia y, de repente, aparece una idea nueva pidiendo paso. Llega un momento tranquilo y mi mente lo interpreta como una oportunidad para comenzar otra cosa.
Durante mucho tiempo confundí estar estimulado con estar vivo. Una agenda llena también me hizo creer que estaba aprovechando mejor el tiempo.
Ahora empiezo a comprender que no todo espacio vacío necesita ser ocupado.
Una revisión sistemática y metaanálisis reciente sobre adultos con TDAH encontró resultados prometedores en las intervenciones basadas en la atención plena para mejorar algunos síntomas y el funcionamiento cotidiano, aunque sus autores también recuerdan que la evidencia todavía tiene límites.
Unas vacaciones no curan el TDAH. Sentarme debajo de un árbol tampoco va a silenciar mi cabeza por arte de magia.
Aun así, creo que regresar al presente se puede entrenar.
Vuelvo cuando dejo el teléfono para mirar a alguien.
También regreso al escuchar sin preparar mi respuesta.
Lo mismo sucede al permitir que una tarde no produzca absolutamente nada.
Quizás este verano no consiga que mi cabeza vaya más despacio, pero sí puedo evitar que su velocidad me aleje de las personas que tengo delante.
El descanso también forma parte del entrenamiento
El deporte me ha enseñado algo que después he reconocido en muchos otros lugares de mi vida: el esfuerzo necesita recuperación.
Hay una frase que me repito a menudo:
«El sobreentrenamiento es igual o peor de malo que no entrenar».
La utilizo como una provocación, no como una equivalencia médica literal. El sedentarismo no es saludable, pero entrenar sin permitir que el cuerpo se recupere tampoco significa hacerlo mejor.
Según el consenso conjunto del Colegio Europeo de Ciencias del Deporte y el Colegio Americano de Medicina del Deporte, una preparación adecuada debe evitar la combinación de una carga excesiva con una recuperación insuficiente. Al romperse ese equilibrio pueden aparecer fatiga persistente, pérdida de rendimiento y alteraciones físicas y emocionales.
La recuperación no sucede fuera del entrenamiento.
Forma parte de él.
Con la vida empiezo a pensar que ocurre exactamente lo mismo.
Tener una agenda sobreentrenada no me convierte en alguien más importante. Puede transformarme en alguien que llega tarde a todo lo que de verdad importa.
Ese sobreentrenamiento vital aparece al responder un mensaje mientras otra persona intenta hablarme; al llegar a las vacaciones tan agotado que necesito varios días para recordar quién soy; al escuchar pensando ya en la siguiente tarea o al llenar el fin de semana porque una tarde sin objetivos me hace sentir culpable.
Eso no es vivir más.
Es estar menos.
Irse de vacaciones también significa marcharse
En 2025, un metaanálisis de 32 estudios sobre vacaciones y bienestar concluyó que los descansos tienen un efecto positivo mayor y más duradero de lo que señalaban investigaciones anteriores. Entre los elementos que parecían aportar más bienestar estaban la desconexión psicológica y la actividad física.
Me interesa especialmente lo primero.
Porque puedo marcharme muy lejos sin llegar a irme nunca. Basta con cambiar Madrid por una playa mientras continúo contestando correos mentalmente. Incluso delante del mar, mi cabeza puede permanecer encerrada en una reunión. Guardar el ordenador tampoco sirve de mucho si sigo trabajando desde mis pensamientos.
Este verano no pretendo desaparecer de la vida de las personas. Mi intención es alejarme un poco de la urgencia.
Para conseguirlo, intentaré dejar el teléfono lejos durante una comida, llamar a alguien sin necesitar nada, caminar sin grabarlo, dormir sin sentirme culpable y regalarme alguna tarde completamente inútil.
Inútil para producir.
Maravillosa para vivir.
Tampoco deseo convertir el descanso en otro reto ni preparar una lista que tenga que completar. Bastantes obligaciones inventamos ya durante el resto del año.
Solo necesito recordar que parar no significa abandonar lo que estoy construyendo.
Significa cuidar a la persona que tendrá que seguir construyéndolo.
Volveremos en septiembre
Esta sección se toma un descanso hasta después de agosto.
Volveremos en septiembre con nuevas historias, reflexiones y aprendizajes. Ojalá regresemos también con menos ruido en la cabeza y más vida en los ojos.
Antes de marcharme, quiero dar las gracias a todas las personas que leéis este espacio: a quienes comentáis, compartís o me escribís después, pero también a quienes llegáis en silencio, dedicáis unos minutos a leer y seguís vuestro camino.
Cada lectura es un regalo de tiempo.
Y el tiempo es una de las pocas cosas que nadie puede devolvernos.
Si tú también llevas demasiado tiempo viviendo en quinta, este verano podría ser un buen momento para levantar un poco el pie.
Mira a tu alrededor.
Busca a una persona importante.
Si su nombre acaba de aparecer en tu cabeza, no esperes a septiembre para decírselo.
La mejor manera de que se acuerden de mí mañana es acordarme yo de ellos hoy.


