Este verano me senté un buen rato junto a la playa. Sin buscar ninguna lección, me limité a mirar el mar y a dejar que el tiempo pasara sin pedirle nada.
A pocos metros, unos niños construían un castillo de arena.
Mientras uno llenaba los cubos, otro levantaba una torre y alguien abría un foso que no parecía llevar a ninguna parte, pero daba igual. No habían decidido quién mandaba y, sin embargo, todos sabían cómo ayudar.
Entre risas, arena pegada al cuerpo y discusiones que apenas duraban diez segundos, volvían una y otra vez a construir juntos.
A simple vista estaban haciendo un castillo; sin saberlo, también estaban creando equipo, confianza y un recuerdo.
Entonces llegó una ola.
Yo la vi acercarse y pensé: «Se acabó».
Qué curioso. Los adultos vemos venir una ola y enseguida escribimos el final.
El agua golpeó las torres, borró el foso y convirtió aquel castillo en un montón de arena mojada. En apenas unos segundos, todo el trabajo había desaparecido.
Esperé el enfado. La protesta. Las lágrimas.
Pero los niños se miraron y se echaron a reír.
Sin culpar al mar ni buscar responsables, tampoco perdieron la tarde explicando por qué aquello no debería haber ocurrido.
Cogieron otra vez los cubos y empezaron de nuevo.
La ola se llevó el castillo.
No se llevó sus ganas.
Ahí estaba la lección.
A veces vuelvo del descanso como si tuviera una deuda
Aquella escena me hizo pensar en la vuelta del verano.
Muchas veces regreso con la agenda llena, la cabeza acelerada y una extraña sensación de culpa, como si tuviera que compensar haber parado, como si descansar hubiera sido alejarme de la vida en lugar de recuperar fuerzas para vivirla mejor.
Puede que a ti también te ocurra.
Volvemos y queremos responderlo todo, recuperar cada conversación, reactivar todos los planes y demostrar desde el primer día que seguimos siendo capaces.
Reconozco que he confundido muchas veces descansar con quedarme atrás.
Sin embargo, parar no siempre es abandonar. A veces significa volver a escucharme, recordar a quién echo de menos, distinguir lo urgente de lo importante y descubrir que algunos castillos merecen ser reconstruidos, mientras otros solo seguían en pie porque nunca me había detenido a mirarlos.
No es únicamente una sensación. Una revisión integradora publicada en 2024 en Journal of Leisure Research analizó 125 investigaciones sobre vacaciones y bienestar. Sus autores explican que alejarse de la rutina puede contribuir al bienestar, aunque el beneficio depende de cómo vivimos ese tiempo y de cómo incorporamos después lo que nos ha regalado.
Por eso no quiero darte la bienvenida con un «vamos, corre».
Prefiero darte la bienvenida con otra pregunta:
¿Qué has recuperado mientras parecías estar haciendo menos?
Quizás has recuperado sueño, presencia, perspectiva, una conversación larga, las ganas de volver a crear o algo tan sencillo y tan difícil como reconocerte sin una lista de tareas delante.
Todo eso cuenta y también es avanzar.
La vuelta puede convertirse en un nuevo comienzo
Durante mucho tiempo pensé que empezar de nuevo significaba que algo había salido mal.
Ahora lo veo de otra manera.
Empezar otra vez no borra lo anterior: lo aprovecha. El segundo castillo contiene todo lo que aprendí construyendo el primero: dónde cedió la arena, qué torre era demasiado alta, quién estuvo a mi lado y cuánto disfruté mientras lo levantábamos.
La vuelta del verano, además, tiene algo especial. Marca una frontera mental entre lo que venía haciendo y lo que todavía puedo elegir.
Los investigadores Hengchen Dai, Katherine Milkman y Jason Riis estudiaron este fenómeno y lo llamaron «efecto del nuevo comienzo». En tres estudios de campo observaron que, después de hitos temporales como el inicio de una semana, un mes, un año, un semestre o una festividad, aumentaban conductas relacionadas con perseguir objetivos.
El calendario no hace el trabajo por mí. Septiembre tampoco tiene poderes mágicos.
Aun así, una fecha puede abrir una puerta, ayudarme a colocar las imperfecciones anteriores en una etapa que ya terminó y permitirme mirar mi vida con un poco más de altura.
La vuelta no tiene por qué ser el momento en el que recupero toda la velocidad; quizá sea la oportunidad de recuperar la dirección. Al fin y al cabo, de nada sirve correr hacia el mismo lugar del que necesitaba descansar.
No necesito castigarme para volver a intentarlo
También he aprendido que, cuando una ola se lleva algo que me importaba, mi primera reacción no siempre es tan sabia como la de aquellos niños.
A veces me enfado conmigo, repaso lo que debería haber previsto y me exijo volver más rápido, hacerlo mejor y no fallar otra vez.
Me convenzo de que la dureza me empuja, aunque no siempre sea verdad.
En cuatro experimentos, las investigadoras Juliana Breines y Serena Chen comprobaron que responder con compasión ante un error o una debilidad podía aumentar la motivación para mejorar. Las personas mostraron más intención de reparar, más deseo de cambiar e incluso dedicaron más tiempo a prepararse después de un mal resultado.
A mí este hallazgo me recuerda algo muy sencillo: tratarme bien no significa conformarme, sino dejar de gastar fuerzas en atacarme para poder emplearlas en reconstruir.
El castigo me deja mirando las ruinas.
La amabilidad vuelve a ponerme la pala en las manos.
Mi primer cubo de arena
Esta vuelta no quiero abrir todos los frentes a la vez ni llenar la agenda para sentir que ya estoy en marcha.
Antes prefiero hacerme tres preguntas:
¿Qué merece de verdad que vuelva a intentarlo?
¿Qué me enseñó la última ola?
¿Con quién quiero disfrutar mientras lo reconstruyo?
Con la primera separo el deseo de la inercia; la segunda convierte el golpe en aprendizaje y, gracias a la tercera, recuerdo que ningún castillo merece la pena si para levantarlo tengo que quedarme solo.
Después elegiré un primer cubo de arena.
Ese primer gesto puede ser una llamada, una conversación pendiente, una página en blanco, una reunión para escuchar o un mensaje a esa persona con la que quiero volver a caminar. Basta con que sea un paso lo bastante pequeño para darlo hoy y lo bastante importante para acercarme a algo que tenga sentido.
No necesito ver el castillo terminado para saber que he empezado, ni tampoco que el mar me prometa que no habrá otra ola.
La habrá: cambiarán los planes, se cerrarán algunas puertas, habrá personas que tomen otro camino y proyectos que no lleguen a parecerse a lo que imaginé.
En realidad, la vida no me ofrece garantías. Me ofrece arena, tiempo y personas con las que construir.
Cuando digo que la vida es un juego, no pretendo quitarle seriedad; me refiero a que se vive mejor cuando conservo la capacidad de probar, aprender, reír y volver a intentarlo.
Aquellos niños no querían menos su castillo porque aceptaran que podía desaparecer; querían tanto el acto de construirlo que no necesitaban que fuera eterno.
Qué alegría tenernos de vuelta
Si tú también regresas después de unas semanas de descanso, no quiero preguntarte cuánto vas a producir ni cuántas cosas vas a poner en marcha.
Me interesa mucho más saber cómo vuelves.
¿Con más calma? ¿Con una idea nueva? ¿Con mayor claridad sobre lo que ya no quieres? ¿Con ganas de recuperar a una persona, un sueño o una parte de ti que habías dejado en segundo plano?
Quizás tu próxima victoria no consista en terminar el castillo, sino en atreverte a llenar el primer cubo.
Si una ola se llevó algo antes del verano, puede que esta vuelta sea el momento de reunir de nuevo al equipo, respirar hondo y poner las manos en la arena.
Sin negar lo ocurrido, sin exigir que todo salga perfecto y sin olvidar disfrutar mientras sucede.
Qué alegría tenernos de vuelta.
No necesitamos demostrar que nunca nos caímos, solo recordar que todavía sabemos construir.
Volver a empezar no es volver atrás.
Volver a empezar también es ganar.
Y, para que esta vuelta no se quede solo en una reflexión, recuerda que en mi otra newsletter, CipriNews, comparto trucos sencillos y prácticos para cuidar mejor tus relaciones y aplicar la Inteligencia Relacional en tu día a día. Porque, al final, los grandes castillos también se levantan con pequeños gestos.


